Médico psiquiatra Rolando Pomalima Rodríguez, director ejecutivo de la DEIDAE de Niños y Adolescentes del Instituto Nacional de Salud Mental “Honorio Delgado – Hideyo Noguchi” (INSM “HD-HN”) señala que frente a situaciones de violencia sexual entre adolescentes, la respuesta no debe limitarse a intervenir cuando el hecho ya ocurrió. También es necesario preguntarnos qué factores pueden favorecer que estas conductas aparezcan o escalen y cómo prevenirlas desde la familia, la escuela y la comunidad.
Claves y detalles principales del anuncio
El vínculo como base de seguridad
La prevención comienza desde los primeros años de vida. Los niños y adolescentes necesitan adultos que funcionen como una base segura: personas disponibles para escuchar, establecer límites y protegerlos cuando enfrentan situaciones que no pueden resolver solos.
Cuando un adolescente sabe que puede acudir a un adulto sin ser inmediatamente juzgado o descalificado, aumenta la posibilidad de que comunique situaciones de miedo, presión, acoso o violencia.
Regular las emociones para no actuar impulsivamente
El especialista puntualiza que durante la adolescencia existe una importante intensidad emocional y una fuerte influencia de los pares. Sin embargo, una emoción puede explicar una conducta, pero nunca justificar la violencia.
Es necesario enseñar a reconocer la rabia, frustración, miedo o presión y aprender a detenerse antes de actuar: pausar, retirarse, pedir ayuda y tomar decisiones aun cuando existe presión del grupo.
Reconocer al otro: la importancia de la mentalización
El Dr. Pomalima precisa que también debemos desarrollar la capacidad de comprender que el otro tiene pensamientos, emociones, deseos y límites propios.
Ante cualquier situación, un adolescente debería poder preguntarse:
¿Qué está sintiendo la otra persona? ¿Quiere participar? ¿Tiene miedo? ¿Está siendo presionada?
“Queremos adolescentes capaces de decir NO, pero también capaces de escuchar un NO.”
El silencio, el miedo o la inmovilidad no deben interpretarse como consentimiento.
Frente al peligro, no todos reaccionan igual
Ante una amenaza, una persona puede intentar escapar, confrontar, pedir ayuda, quedarse inmóvil o bloquearse. Estas respuestas dependen del contexto y de la percepción de peligro y no deben confundirse con consentimiento ni con ausencia de sufrimiento.
En experiencias traumáticas intensas pueden aparecer posteriormente fenómenos de desconexión emocional o disociación. Por ello, frente a una posible víctima debemos preguntarnos primero:
“¿Se sentía segura? ¿Podía escapar? ¿Había un adulto disponible para protegerla?”
El grupo también puede detener la violencia
La presión de los pares puede contribuir a que una conducta violenta se mantenga o escale. Reírse, alentar, grabar o compartir imágenes puede reforzar el daño. En cambio, retirarse, no participar, pedir ayuda y proteger a quien está siendo vulnerado puede contribuir a detenerlo.
Por ello, la prevención debe enseñar también a los adolescentes que ser espectador implica una responsabilidad.
Adultos capaces de proteger
Para el Dr. Rolando Pomalima la protección comienza antes de que ocurra la violencia. Padres, madres, docentes y otros adultos deben mantener canales de comunicación abiertos y prestar atención a cambios importantes en el comportamiento, aislamiento, miedo, presión de pares o situaciones de riesgo.
“La prevención de la violencia comienza mucho antes del delito: comienza construyendo vínculos seguros, enseñando regulación emocional y desarrollando la capacidad de reconocer y respetar al otro.”
Recomendaciones para la ciudadanía y próximos pasos
La familia, la escuela, los servicios de salud y la comunidad comparten la responsabilidad de formar adolescentes capaces de regularse, respetar límites, resistir la presión grupal y pedir ayuda cuando sea necesario.