El juego con apuestas en la Lima virreinal del siglo XVIII se convirtió en un gran problema por la enorme cantidad de pobladores de toda condición social que invertían su tiempo y dinero practicando dicha actividad.
Claves y detalles principales del anuncio
El historiador Henry Barrera Camarena señala el cuestionamiento del juego bajo la influencia de la Ilustración europea, partiendo de la idea que el hábito de derrochar dinero era contrario al ideal de una sociedad civilizada. Los juegos tenían, además, la imagen de estar ligados a la violencia, el robo y el fraude.
Barrera afirma que, para mediados del siglo XVIII “no había calle, plaza, tienda, casa, alameda o lugar donde no se jugara”. Añade que no se hacía ninguna distinción al momento de jugar a las cartas o dados, pues mientras la plebe acudía a casas de juego, la nobleza prefería retirarse, sobre todo, a pueblos en las afueras de la ciudad, -especialmente a Chorrillos, pero también a otros como Miraflores, y Lurín- o encerrarse en sus residencias para dar rienda suelta a su afición.
El juego entre la plebe
Barrera afirma que innumerables son los casos, conservados por el Archivo General de la Nación (AGN), donde se cuenta que la clase baja fue juzgada con severidad. Entre ellos cita a los hermanos Pedro y Carlos Betancourt enviados al presidio del Callao “para que enmienden sus vidas disipadas e inclinación al juego”, y los juicios seguidos contra Pascual Zagal y José Tudela por vagancia y juego de dados.
Esta severidad continuó durante los primeros años de la República. En un oficio de 1826 José Llerena, comandante del segundo batallón del Regimiento Callao, comunica al contador general de la Aduana que no tiene poder para decidir la liberación de alguno de los individuos aprehendidos en las casas de juego.
El juego entre la élite
En el caso de la clase alta limeña su afición al juego la llevaba a apostar no solo cantidades de dinero, sino incluso sus propiedades, como eran sus casas, haciendas o esclavos, atentando de este modo contra su propia condición social, convirtiéndose en un factor de inestabilidad económica para muchas familias ricas y poderosas. A diferencia del resto de la sociedad, las normas para este sector eran sumamente flexibles.
Entre los afectados por el vicio del juego figuraban personajes tan notables como el oidor José Baquíjano y Carrillo, conde Vistaflorida, y presidente de la Sociedad Amantes del País, institución que publicara el Mercurio Peruano. En una ocasión, según cuenta Barrera, este histórico precursor de la Independencia llegó a perder en una sola jugada la huerta de La Menacho, ubicada en el actual distrito de El Agustino, con todos sus aperos y criados, por un valor de aproximadamente sesenta mil pesos.
El virrey Fernando de Abascal expresó su queja, tanto por la conducta de Baquíjano como por la de otros funcionarios, ante las autoridades de la península en 1808, pero aquel solo recibió una reprensión. Ello no evitó que fuera nombrado consejero de Estado por el Consejo de Regencia de España cuatro años después.
Recomendaciones para la ciudadanía y próximos pasos
Los integrantes de la élite limeña que abusaban del juego no recibían un castigo carcelario, pero sí deshonroso: el qué dirán era la peor ofensa que podían recibir. Añade Barrera que el murmullo del resto, los señalamientos por ser jugadores sin escrúpulos eran igual, o peor, al impuesto a la plebe.